Recuerdo alguna vez me preguntaron si mi pasión por los carros era ‘genéticamente’ heredada. Yo por mi parte respondí con cierta seriedad entreverada con un toque de sarcasmo:
“No… a menos que yo sea adoptado.”
Sin embargo hay cierta verdad en
ello, y es que desde la genética o por lo menos desde mi núcleo familiar nunca
ha existido ninguna influencia en el interés que le profeso a los automóviles.
Mis padres nunca tuvieron ninguna inclinación sospechosa por los vehículos.
